domingo, 5 de agosto de 2012

SIERRA CEBOLLERA: En la soledad del Sistema Ibérico Norte


Las siguientes fotografías fueron tomadas en el Parque Natural de la sierra Cebollera, en la provincia de La Rioja. Esta alineación montañosa, que es la más oriental de las de mayor entidad del Sistema Ibérico Norte  tiene su máxima altitud en el pico Cebollera, concretamente 2.142 metros. En sus laderas hay extensos bosques de pinos silvestres y espectaculares hayedos en los fondos de valle y zonas más húmedas y mejor refugiadas. Ambas formaciones boscosas han recuperado el terreno perdido durante el auge de la trashumancia, cuando una buena superficie de estas montañas ardía con mucha frecuencia para dar lugar a pastos aprovechados por el ganado ovino.    



Cascadas de Puente Ra

El arroyo de Puente Ra es uno de los principales afluentes del río Iregua y en su cabecera, en el punto de confluencia de diversos arroyos que caen vertiginosamente de las cumbres de la sierra Cebollera, da forma a estos bellos saltos de agua que ni siquiera en el punto culminante de la sequía estival dejan de resonar. 


Macho de nacarada (Argynnis paphia). Cascadas de Puente Ra.

Esta deslumbrante mariposa vuela típicamente durante los meses estivales cuando es frecuente verla libando en las flores de las zarzamoras (Rubus ulmifolius) o como el ejemplar de la fotografía en el escaso néctar que pueda quedar dentro de los nectarios de las moras ya en formación. Los machos se diferencian de las hembras por las franjas negras transversales que interrumpen el dibujo moteado en las alas anteriores. Estas bandas son en realidad engrosamientos de las escamas androconiales, que son las que producen las feromonas que atraen a las hembras.


 Zygaena lonicerae. Valle del arroyo de Puente Ra.

Existen numerosas especies de lepidópteros del género Zygaena en la península Ibérica, a menudo difíciles de identificar. El número, disposición y patrón de colores de los puntos o bandas de las alas son importantes para determinar la especie, así como la aparición de tonos rojizos en el abdomen o en las alas posteriores. Las que tienen 5 puntos en el ala anterior son especialmente conflictivas, habiendo hasta 8 especies con esta característica, todas ellas relativamente parecidas entre sí.


 Pinares relictos de pino negro (Pinus uncinata) en el Castillo de Vinuesa (2.083 m de altitud).

El pino negro es una especie cuya distribución en la península Ibérica se limita a Pirineos y a dos pequeñas poblaciones relictuales en el Sistema Ibérico, una en la sierra de Gúdar, en Teruel y la que figura en la fotografía en la sierra Cebollera.



 Piña de pino negro (Castillo de Vinuesa)


Las piñas de los pinos negros tienen las apófisis (los ombligos de las escamas) ganchudas, lo que permite diferenciar fácilmente la especie de otros pinos cuyas piñas podrían ser similares, como las del pino silvestre.


 Sapo corredor (Bufo calamita). Ejemplar joven encontrado en la cuerda que une el Castillo de Vinuesa con el pico Buey.

Los sapos del género Bufo cumplen a la perfección lo que significa ser un organismo "R" estratega, es decir, seres que tienen un descomunal número de descendientes a los que no dedican el más mínimo cuidado, sacrificando un número desorbitado de bajas a cambio de asegurar, por lógica probabilista que un reducido porcentaje de cada puesta, sobrevivirá. Este diminuto sapo corredor, probablemente compartío charca con miles de hermanitos y hermanastros y ahora es uno de los pocos que se abre camino en solitario. A pesar de su tamaño, ya tiene muy marcadas las glándulas paratoideas, detrás de los ojos, que generan y ayudan a dispersar las sustancias tóxicas que obligan a los depredadores  a no permanecer con el sapo recién capturado en la boca, aquejados de dolores en el paladar.    



Castillo de Vinuesa, donde se aprecia la forma piramidal y el color más oscuro de los pinos negros.



 Carbonero garrapinos (Parus ater) posado en un pino silvestre en las proximidades de la cumbre del pico Buey, de 2.034 m de altitud.

Los extensos pinares de la sierra Cebollera albergan una interesante comunidad de paseriformes forestales siendo abundantes piquituertos (Loxia curvirostra), verderones serranos (Serinus citrinella), herrerillos capuchinos (Parus cristatus), carboneros garrapinos, agateadores común y norteño (Certhia brachydactyla y C. familiaris) y los omnipresentes trepadores azules (Sitta europaea) entre otros... Otro párido relativamente similar al carbonero garrapinos, el carbonero palustre (Parus palustris) también vive en la sierra Cebollera pero en ambientes muy frescos, sobre todo en los hayedos y en los bosques de ribera, constituyendo estas montañas su límite de distribución meridional de la especie en la península Ibérica. 


 Peña Negra desde el pico Buey.

Peña Negra (2.025 m) es una curiosa montaña que alberga un cirquito glacial, en la cabecera del río Reloscorto, cuya morrena lateral asoma a la derecha de la fotografía. El modelado glaciar muestra lo importante que fueron las glaciaciones en la sierra Cebollera aunque geomorfológicamente las huellas que han permanecido no tengan dimensiones pirenaicas. Gran parte de la cara norte de la sierra Cebollera está surcada de valles en artesa, morrenas y hoyas, depresiones excavadas por las cubetas de los glaciares y que han permanecido como zonas hundidas al pie de las cumbres y cubiertas de pastizales, turberas y cervunales y en muchos casos con lagunillas en la parte inferior de la cubeta.   
 

La nubes sobrevuelan sobre dos de los picos principales de la sierra Cebollera, el peñón de Santosonario en primer término y en sombra y la amplia mesa que culmina el pico Cebollera al fondo.

domingo, 15 de abril de 2012

Fauna urbana de Dublin


Gaviota argéntea (Larus argentatus) en los jardines del Trinity College. Esta especie es muy rara como nidificante en la península Ibérica aunque se han detectado casos aislados de reproducción en las costas atlánticas y cantábricas. Sin embargo, es un ave invernante común en éstas, cuyos principales efectivos provienen precisamente de las poblaciones del Reino Unido.




Dos ejemplares navegando en el parque Saint Stephen´s Green.




Las gaviotas argénteas se reproducen en algunas isletas rocosas que emergen del estanque de este parque.




Las gotas de agua delatan el milagro de la impermeabilidad en las plumas de este ánade real (Anas platyrhynchos) macho, que nada en una exigua lámina de agua de una fuente en los jardines de la catedral de San Patricio. El hecho de ser muy familiar no debe restar belleza a esta anátida.





En pleno celo, tres machos se disputan el beneplácito de una hembra. El destacado espejuelo alar azul de ésta es un buen mecanismo de comunicación visual intraespecífico durante el vuelo, elemento muy característico de las anátidas. El ánade real, también se llama azulón, precisamente por el espejuelo alar, único elemento de este color en el ave.




Los porrones moñudos (Aythya fuligula) son patos buceadores que se sumergen por completo para alimentarse, al contrario que los ánades que flotan con la popa en superficie mientras capturan vegetación acuática. En la fotografía, un macho en Saint Stephen´s Green con el plumaje en su máximo esplendor, incluido el moño que da el nombre vernáculo a la especie y su característico ojo amarillo de ciencia ficción.


Este petirrojo (Erithacus rubecula) ha capturado una lombriz de tierra de buen porte y se debate enérgicamente con su presa para no perder una buena fuente de alimento, abundante en los lluviosos días de primavera, que en Irlanda parecen ampliarse a buena parte del año. Escena fotografiada en los Jardines de la catedral de San Patricio.


















domingo, 15 de enero de 2012

Un contraste invernal del río Lozoya


El río Lozoya a su paso por Buitrago del Lozoya refleja en sus aguas tranquilas, amaestradas por el embalse de Puentes Viejas, el monte y los cortados que asoman a la inexpugnable ciudad medieval. Este tramo del río, ahogado entre dos presas, la mencionada de Puentes Viejas y la de Riosequillo, aguas arriba, denota su falta de salud en la exigua vegetación de ribera, maltratada por los cambios artificiales de caudales propios de la existencia de infraestructuras hidráulicas. 


A su paso por el monasterio cartujo de Santa María de El Paular, el río Lozoya ya ha sufrido algunas agresiones, como las piscinas naturales de Las Presillas, pero en su curso alto, todavía se mantienen algunos tramos con un buen estado de conservación de sus riberas. A menudo, los ecosistemas fluviales bajos y medios de los ríos se encuentran desaparecidos por ser los espacios más intensamente ocupados y modificados por el hombre y es en los tramos altos donde queda un recuerdo de la riqueza natural y del incalculable valor de los servicios ecosistémicos que son consecuencia de los procesos ecológicos que tienen lugar cuando un río no ha perdido aun su funcionalidad.


martes, 27 de septiembre de 2011

Ojos que te observan

La saltacercas (Lasiommata megera), es un lepidóptero de la familia de los satíridos denominada de este modo por posarse frecuentemente en muros y tapias de piedra. Los ocelos de las alas de muchos satíridos son vistosos reclamos que desvían la atención de los depredadores a las alas protegiendo las partes vitales del insecto.

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Lasiommata megera posada en una hoja de hiedra (Hedera helix) en el Monasterio de Piedra.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Último guiño al verano en el río Piedra

El río Piedra en palabras de R.Tagore: "No fue el martillo el que dejó perfectas estas piedras, sino el agua, con su dulzura, su danza, y su canción. Donde la dureza sólo consigue destruir, la suavidad consigue esculpir."



Cola de Caballo, la cascada más sobrecogedora del río Piedra. 
























El Baño de Diana, un oasis creado por el río Piedra en plena paramera zaragozana. 


























Cascada de los Fresnos. El sustrato calizo proporciona el elemento propicio para servir de lienzo en blanco ante las imaginativas manos del agua.




Cola de Caballo, desde el interior de la gruta Iris.




Gruta Iris, jugando con el agua y con la luz.












jueves, 1 de septiembre de 2011

Viaje a Creta. Parte II: Creta occidental



El centro neurálgico de la parte occidental de Creta es Chania, una elegante a la par que decadente ciudad de estilo veneciano, que aglutina en una breve superficie lo más moderno y  lo más ruinoso, la prisa europea y la parsimonia africana y que cuenta con una inquieta vida cultural y un espantoso tráfico para tratarse de una población de apenas 50.000 habitantes. Chania estuvo ocupada por el imperio otomano durante 250 años y su huella quedó impresa con fuerza, permaneciendo hasta la fecha en algunos monumentos que sobrevivieron a las revueltas frente a los invasores, como la mezquita de los Jenízaros o del Puerto, cuya portentosa cúpula soportan cuatro temblorosos arbotantes.



Orográficamente, el oeste cretense lo domina la espectacular cordillera de las Lefka Ori, las Montañas Blancas, que hacen honor a su nombre y, efectivamente, están cubiertas de nieve 7 meses al año, lo que no es poco sorprendente teniendo en cuenta la proximidad de Creta a la costa africana y su máxima altitud, relativamente modesta, los 2.453 m de la cima del Pachnes.



El paisaje que alcanza mayor espectacularidad en Creta es, sin duda, el que encierran las gargantas de la vertiente meridional de las Montañas Blancas. En esta panorámica se pueden ver las paredes de la garganta de Imbros, donde hay un vertiginoso bosque rupícola de cipreses (Cupressus sempervirens). En el fondo del valle a los cipreses los acompañan las coscojas (Quercus coccifera), de nuevo de portes extraordinarios y los arces (Acer sempervirens).



Los densos bosques de las cabeceras de las gargantas se estrechan progresivamente en su carrera inexorable hacia el mar convirtiéndose en desfiladeros que, debido a los procesos karsticos a los que se ven sometidos, dan lugar a multitud de formas y colores de fantasía desinhibida, auténticos prodigios de roca como este arco, también en Imbros, cerca de la parte más estrecha del cañón. 



En las proximidades de sus desembocaduras, las gargantas cretenses se convierten en pedregosas ramblas que llegan al mar sedientas, secas por la esponjosidad de la caliza, en las que, no obstante, se conserva el recuerdo de la primavera en las flores de las adelfas (Nerium oleander) y del sauzgatillo (Vitex agnus-castus). Esta última, en la siguiente fotografía, se consideraba antiguamente un inhibidor de la líbido, que usaban monjes célibes y mujeres cabreadas. De ahí sus nombres vulgares: árbol casto, pimiento de los monjes y sauzgatillo (sauce gatillo) por razones obvias. En estas plantas liban multitud de insectos como la chupaleches (Iphiclides podalirus).



La garganta más impresionante de Creta, y la más concurrida por los turistas, es Samaria. Los datos hablan por sí solos. Pierde 1.200 metros de altitud en unos 16 km de longitud y pasa de una amplitud de valle de cientos de metros a tan sólo 3 en el punto más estrecho, las Puertas de Hierro (sideroporten), sin olvidar que en el camino te conviertes en una hormiga bajo paredones descomunales de medio kilómetro de altura. Esta es la cabecera del valle, custodiada por el atento Pachnes.



Y este es el magnífico bosque mixto de cipreses con pinos (Pinus brutia) y con plátanos en las vaguadas (Platanus orientalis) que se atraviesa en la primera mitad del recorrido de la garganta. Los tres tonos de verdes de estos tres árboles -verde mate del ciprés, verde claro del pino y verde brillante del plátano- se pueden diferenciar perfectamente incluso desde largas distancias.




La garganta se angosta cada vez más y los árboles comienzan a expandirse en vertical, colgándose de los riscos en posturas increíbles. Los cortados tienen aquí cientos de metros. 



Hasta llegar a las famosas "Sideroporten", en las que apenas hay 3 metros de distancia entre las dos paredes, que parecen querer tocarse sin conseguirlo. Al otro lado, espera el mar.


Algunas especies de flora que pudimos identificar en las gargantas de Samaria e Imbros:

Dragoncillo (Dracunculus vulgaris) cuyas bayas son muy tóxicas.



Arce cretense (Acer sempervirens), especie muy próxima a nuestro arce de Montpellier (Acer monspessulanum) que crece en ambientes frescos y que en determinadas zonas está extremadamente ramoneado por los rebaños de cabras hasta un punto de mutilación que resulta difícil reconocerlo.



Algunos de los cipreses (Cupressus sempervirens) de Samaria alcanzan importantes dimensiones y sus troncos se retuercen y resquebrajan dotándolos de una añeja personalidad. En la naturaleza hay dos morfos, horizontalis llamados en ocasiones cipreses tabulares y que son los más comunes en Creta, y pyramidalis, con su característica forma cónica y sombra alargada, ampliamente cultivados por el hombre.


























Las paredes de las gargantas cretenses albergan importantes representaciones de flora rupícola, con algunos endemismos insulares. Este es el aspecto de una comunidad de flora rupícola en Samaria. 


























Y varias de las especies endémicas que pude fotografiar.

Staehelina arborea (familia: compuestas).




Ebenus creticus (familia: leguminosas)



























Otras especies rupícolas no son endémicas de Creta, sino que también son comunes en otras partes de Grecia y del Mediterráneo oriental, como la despeluchada compuesta Ptilostemum chamaepeuce.





Coridothymus capitatus, es una labiada muy abundante en todos los ecosistemas de altitud media de la isla y se encontraba con un vistoso pico de floración. Multitud de abejas liban en sus flores para producir en un futuro una afamada miel de tomillo.


























En cuanto a la fauna de las gargantas, agosto no es el mejor mes para observar animales, pero pudimos ver algunas cosas interesantes, como estas curiosas aglomeraciones de caracoles del género Albinaria, género muy diversificado en Creta.



En Samaria y sus áreas limítrofes viven los últimos supervivientes de una subespecie endémica cretense de cabra de bezoar (Capra aegagrus ssp. cretica), conocida localmente como agrimi o kri-kri. Se han vuelto tan escasas, que es difícil encontrarlas en los laberínticos recovecos de la orografía caliza, pero un pequeño grupo parece asiduo a los alrededores del pueblo abandonado de Samaria, como la hembra de la fotografía. A buen seguro, así consiguen un extra de alimento pues es una parada habitual entre los senderistas.


























En la cabecera de la garganta de Samaria, a unos 1.500 metros de altitud pudimos ver uno de los quebrantahuesos adultos (Gypaetus barbatus) de las 10 parejas estimadas de la población cretense, que a pesar de contar con multitud de enclaves propicios para la reproducción en los farallones calizos de los tres sistemas montañosos de la isla, se considera amenazada de extinción con el agravante de un problema de aislamiento poblacional pues las poblaciones más cercanas a ésta se encuentran en los Alpes, donde hay menos efectivos que en Creta, fruto de reintroducciones que se han llevado a cabo desde los años 80. 



Otra de las singularidades de las montañas de Creta son las mesetas que aparecen a gran altitud, entre montañas, y que se encuentran en ocasiones muy cultivadas, como la de Lassithi. Se trata de poljés, o bloques tectónicos hundidos característicos del modelado karstico y albergan tierras muy fértiles pues recogen los sedimentos de las escorrentías que provienen de las crestas circundantes (son cuencas endorréicas). En la fotografía siguiente, aparece la meseta de Omalos, enclavada a unos 1.000 m de altitud y cuya superficie vegetal se encuentra extensivamente cultivada, aunque muy pastoreada por el ganado caprino y ovino.



Casi en la línea de cumbre que delimita el valle de Samaria, encontramos un pequeño núcleo poblacional  de una especie arbórea muy especial: la zelkova. Las zelkovas o localmente "abelicias" (Zelkova abelicea) pertenecen a la familia de los olmos (Ulmaceae) y son lo que se denomina en el ámbito científico como fósiles vivientes, pues constituyen un relicto de la flora arctoterciaria europea, testimonio de periodos antiguos con mayor humedad y más estabilidad climática, antes de las glaciaciones cuaternarias.


























En el extremo noroccidental de la isla hay dos penínsulas -Gramvousa y Rodopos- que son de máximo interés para la flora y la fauna. En ellas, entre otras especies, crían los halcones de Eleonor (Falco eleonorae) y constituyen algunos de los últimos enclaves de reproducción europeos de la tortuga boba (Caretta caretta) y de la foca monje (Monachus monachus). En estas penínsulas hay extensas superficies ocupadas por friganas, formación arbustiva de caméfitos de pequeño porte, habitualmente espinosos y almohadillados, que dotan al paisaje de un aspecto desolado y "africanamente" árido. Estas formaciones son muy comunes en Creta y en ellas comen las cabras no se sabe qué demonios, a algunas las vimos mascar los cardos. La aridez del terreno, la orografía y los procesos erosivos hacen que en Creta sea extremadamente raro localizar pastizales de herbáceas -buenos pastos-, salvo naturalmente en el ámbito alpino, donde también abundan las friganas. La frigana de la fotografía se encuentra en la península de Gramvousa.



Pero atravesar la Frigana de Gramvousa tiene su premio: la fantástica playa de Balos, formada por un espectacular tómbolo de arena perpendicular a la península de Tigani, formado precisamente por el efecto pantalla que ha producido dicha península en el oleaje. Es una lástima que hasta aquí lleguen barcos de gran calado y enorme capacidad, un premio excesivo para bañistas que han realizado un inexistente esfuerzo.



Otra península del noroeste de Creta con interés natural y cultural es la península de Akrotiri, que curiosamente se traduce como península de penínsulas. En la bahía de Kalathas pude fotografiar este ejemplar de lirio de mar (Pancratium maritimum), mientras unos atronadores cazabombarderos rompían la quietud del mundo, sin duda rumbo a Libia.



Para terminar, en Rethimno, multitud de curiosos se agolpaban cámara de fotos en mano para fotografiar ¿monumentos minoicos, venecianos u otomanos? No. Una espectacular concentración post-nupcial de golondrinas comunes en los cables de los tendidos eléctricos del centro de la ciudad. Porque sí, es verdad, el Patrimonio Natural puede atraer al turismo y, por qué no, muchos ingresos. Incluso aunque sólo fuera desde un punto de vista estrictamente económico ¿No merece la pena conservar?